RESUMEN DE LA HISTORIA DE LA IGLESIA

BREVE RESUMEN 
DE LA 
HISTORIA DE LA IGLESIA CRISTIANA
HASTA LA REFORMA PROTESTANTE



I.

En el año 380, el cristianismo se declara religión oficial del Imperio Romano.

Se pierde independencia y  se  desarrollan muchas herejías.

Entre los siglos IV y V aparecen los llamados Padres de la Iglesia.


II. 
El Imperio Romano se deshace en el año 476. A partir del s.VIII se intenta unificar.

Intima relación Iglesia/Estado.

Los primeros monjes asumieron el papel de evangelistas y protectores de la Palabra.

III
Decadencia del papado y   simonía.  Deseo de reforma  en el seno de los monasterios.

Gregorio VII es el Papa reformador.

En 1054 se separan las iglesias de Oriente y Occidente definitivamente.


IV
Nueva reforma monacal. Bernardo de Claraval. Época de  grandes místicos.

Aparece la burguesía y surgen los “monjes-mendigos”. Francisco de Asís

A finales del s. XIII y durante el XIV, todo se vivía religiosamente, pero con temor y pesimismo.


V
Descubrimiento de América en el siglo XV.  Empieza un proceso de globalización y se desarrolla el Humanismo.

Comienza emovimiento conciliar y las disidencias: Huss, Wyclif, Erasmo.

Nuevos místicos, que aportan visiones reformistas y pureza en el mensaje evangélico.  Tomás de Kempis






LA  DEFENSA DEL EVANGELIO AUTÉNTICO
A pesar de la tentación que supone acceder al poder, perdiendo la independencia y creando, por otro lado, un sistema religioso a la carta, aparecen, entre los siglos IV y V,  figuras irrepetibles, de mente clara y especial don de discernimiento, que  enderezan los caminos de la Iglesia, conforme a las Escrituras. Atanasio de Alejandría, Anastasio de Alejandría, los hermanos Basilio de Cesárea, Gregorio "el Grande" y Macrina de Capadocia, Gregorio de Niacianzio, Ambrosio de Milán, Juan Crisóstomo, Jerónimo y Agustín de Hipona, han pasado a la Historia por encontrarse entre los teólogos más rigurosos y sabios del cristianismo, y su influencia ha sido decisiva  para preservar  los valores de la autentica doctrina cristiana.



EL MONACATO Y LA IGLESIA OFICIAL
La oposición a una iglesia  cristiana  oficial, unida y condicionada al Estado se manifestó, desde los primeros tiempos, no sólo a través de la obra de los llamados Padres de la Iglesia,  sino también  la práctica de cierto tipo de vida, apartada  del mundo y su vanidad, que cautivó a un buen numero de cristianos. Son los comienzos del monacato. Los primeros monjes surgieron en los mismos territorios en los que el cristianismo comenzó su expansión, esto es en Oriente. Entre ellos, eran populares los llamados estilitas, que se subían a una columna para expresar su renuncia al mundo.
Hubo en Italia, en el siglo VI un monje que entendió que la vida de penitencia no llenaba su espíritu y en ningún caso era consecuente con las enseñanzas de Jesucristo. Su nombre era Benito de Nursia y fundó la que hoy se conoce como orden benedictina, cuyo lema principal es: "ora y trabaja"  (ora et labora)



LA POSTURA DE LA IGLESIA OFICIAL
Pero el ambiente en la Iglesia oficial, esto es el papado en Roma, era muy diferente. Ésta, pronto encontró en los monjes benedictinos un instrumento magnífico para extender su propósito, por desgracia no sólo evangelizador  sino de propagación  de su poder y soberanía, lo que produjo que los monasterios se impregnaran de los valores consecuentes  del ansia de poder y control, perdiendo los monjes,  en muchos casos,  su  inicial impulso ascético. Los monasterios se enriquecieron sobremanera  y adquirieron importantes  privilegios que atraían a muchas personas para incorporarse en esa vida. Con todo esto, una vez más, el sencillo mensaje cristiano de salvación  se vería enturbiado por  el atractivo amor al poder y al dinero.
Carlomagno, hombre honesto y  comprometido con su fe cristiana, emprendió la tarea de reformar la vida monástica y recuperar la Regla benedictina que por entonces solo era "papel mojado".
Un ejemplo de su celo por promover un cristianismo limpio  y fiel a las Escrituras,  fue su severa prohibición en el año 805 de invocar nuevos santos, costumbre que por entonces se estaba arraigando de manera imparable por toda la cristiandad, paralelamente a la gran lucha iconoclasta que en Bizancio (725-843) se estaba librando, y que por desgracia, culminó en el año 843, con la imposición de la emperatriz Teodora, que estableció que las imágenes sagradas debían venerarse.



REFORMAS EN LA IGLESIA
Ante un clima tan corrompido, un horizonte de esperanza y reforma flotaba en el enrarecido paisaje de la Iglesia. Los escándalos de compraventa de títulos eclesiásticos y el problema del celibato de los clérigos, fueron los detonantes de la gran reforma católica que protagonizó el  monje Hildebrando, quien con el nombre de Gregorio VII (1073-1085) llegó a ser uno de los papas más comprometidos y preocupados por la recuperación de la ética  para la iglesia  universal. Empezó por la lucha contra la simonía (compraventa de los cargos eclesiásticos, ver Hch, 8:18 y ss.) y trató de imponer el celibato de los clérigos, práctica ésta que sólo se mantenía en el mundo de los cenobios. La  excomunión del emperador Enrique IV por parte del Papa, desconcertó a una cristiandad que no era capaz de separar el poder político del religioso. Fue la gota que colmó el vaso y desembocó un poco más adelante en el Concordato de Worms (1122-1157) en el que se recuperaba, en cierta medida, la coherencia con el evangelio ( ver Hechos, 1: 12-26. Mateo 22:15-22): los cargos eclesiasticos serían nombrados mediante una elección libre por parte de los propios pastores de la iglesia, quedando bajo la responsabilidad civil, la concesión de privilegios y posesiones.
Pero la búsqueda por recuperar el idealismo cristiano, en realidad  no  apareció con la reforma  gregoriana  en  Roma, sino con bastante antelación  e independencia  en el seno del monacato francés.  La reforma religiosa (cluniacense) de la orden benedictina que tuvo lugar a principios del siglo X. se expande imparable por todo Occidente. Una vez confirmados sus privilegios e inmunidades por el Papa Juan XIX (1024-1032), el Cluny se alza como bastión del cristianismo en toda Europa. La promoción de constantes peregrinaciones a Jerusalén, Roma y sobre todo, Santiago de Compostela, desembocará en la construcción de numerosas iglesias en los diferentes itinerarios religiosos, con la consiguiente difusión de un nuevo estilo arquitectónico: el románico cluniacense.
Pero el ideal que defendía el Cluny, pronto empezó a decaer, pues a los ojos de los que sólo pretendían nacer de nuevo a una vida coherente con el evangelio, la acumulación de riquezas que se fue produciendo en las abadías, era un obstáculo insalvable; los pobres se veían muy de lejos. Ante esta situación se intenta, a principios del siglo XII, una nueva reforma, la cisterciense, en la que el trabajo manual se recuperaría como medio ejemplar para crecer en santidad y testimonio al mundo. San Bernardo de Claraval (1090-1153) fue el inspirador más desafiante de este nuevo movimiento reformista. La meta  era la estricta aplicación de la antigua regla de San Benito de Nursia, frente a  la ostentación y acumulación de riquezas que el Cluny había ido obteniendo.  Aunque la fe mariana de San Bernardo,  no deja de ser un punto de enfrentamiento con el cristianismo bíblico, su aportación a la recuperación del evangelio primitivo, en el que se potencia una relación íntima y personal con Dios,  debe ser reconocida y admirada.
A partir del siglo XII, la sociedad occidental alcanzó  un  alto nivel económico, lo que  permitió que una nueva clase social, la burguesía, compitiera en poder con las dos instituciones tradicionales: la aristocracia y  la Iglesia. Estos nuevos ricos no podían resistirse a admitir  la ausencia de suntuosidad con relación al hecho religioso, que se había impuesto a raíz de la reforma cisterciense,  pese a la proliferación  de las austeras ordenes mendicantes (franciscanos y dominicos) y su canto a la pobreza y a la cercanía a los necesitados y  a la naturaleza. También es la época en la que el deseo de conocimiento estimula al hombre, especialmente en el terreno de la Filosofía y la Teología. Esa inquietud intelectual se extiende pronto por las ciudades más importantes de Europa dando lugar al comienzo y desarrollo de las Universidades, y a la aparición de un movimiento muy  identificado con el mundo de la cultura gótica: el misticismo cristiano.




GRANDES CONTRASTES RELIGIOSOS
Mientras los últimos  cruzados se dejaban la vida para salvar los lugares santos (en 1291 cae la última resistencia cristiana en Tierra Santa), los burgueses lo daban todo,  para conseguir construir la mejor iglesia de su ciudad. Ésta es, una época en que todo se vivía "religiosamente", aunque paradójicamente se respira la orfandad de Dios. A los ojos de los hombres, Jesucristo no ejerce  ya su función de mediador, porque es presentado como juez más que como abogado. Por esto las personas recurren a sus "héroes", los santos y  las vírgenes,  para ocupar esos escalones que se han ido quedando vacíos al separar a Cristo de su pueblo. Son  personajes ideales, por su condición de humanos que han alcanzado la gloria eterna, de manera que a través de su invocación  se  pretende confiarles los problemas y las tribulaciones. Esta manera de vivir tuvo además  la triste consecuencia de la intolerancia religiosa, que se ensañó especialmente con la expulsión de los judíos  y la persecución de los supuestos  herejes. Entre otros fueron condenados los albigenses y valdenses, considerados  éstos últimos, entre los círculos protestantes, como auténticos portadores del espíritu evangélico.
La degradación del mensaje cristiano básico, coincide en  el  tiempo con  un nuevo espectáculo de  corrupción papal.  Este poder,  que anteriormente  asumió  un  papel reformador,  proponiéndose  impregnar de rectitud  el comportamiento del clero y aportando  rigidez en la doctrina, aparece ahora  totalmente disperso y diluido en luchas de poder, hasta el punto de producirse el Gran Cisma de Occidente (1378-1423) durante el cual  llegó a haber  dos papas,  uno en Aviñón (Francia) y otro en Roma, y por lo tanto dos "obediencias".
Pero como venimos observando a través de épocas anteriores, en todos los momentos existe un remanente fiel a los principios fundamentales del evangelio. Alrededor de la cultura gótica, éste remanente lo podemos encontrar en las llamadas ordenes mendicantes (franciscanos, dominicos, valdenses, etc.), pero también en la figura de los grandes teólogos que ejercieron su cátedra a través de una novedosa institución: la Universidad. Personajes como Anselmo de Canterbury (+1109), San Buenaventura (1217-1274)  o  Tomás de Aquino (1225-1274) asumieron el reto de conciliar la filosofía aristotélica con la doctrina cristiana.
En otro extremo, elevando sus pies de la tierra, como personajes fuera del mundo, empiezan a surgir las figuras de los  grandes místicos, cuya presencia en el siglo XV sería de gran influencia para alentar  el espíritu reformista, y que con sus visiones, mensajes  deseo de vivir como Cristo, dejaron una  huella  inolvidable  en  este complejo periodo, que podríamos calificar, como el de los grandes contrastes en materia de fe y en el que se sientan algunas de las bases de lo que será la gran reforma religiosa del siglo XVI.


EL CAMINO HACIA LA REFORMA PROTESTANTE
La política europea de la Baja Edad Media se caracterizó por el declive de los poderes universales: el papado y el imperio, y por el ascenso de las monarquías. Ese declive, en el caso del papado, vendría marcado, por el traslado de la sede pontificia a Aviñón, (Francia), lo que desembocaría  en el ya mencionado, Cisma de Occidente (1378-1423).
Pero el clima reformista latía en el ambiente. La cristiandad, cansada y escandalizada por todo lo que estaba sucediendo, ansiaba la gran reforma. Por un lado se inició un movimiento conciliar, que pretendía la creación de una especie de consejo universal que se encargara de supervisar la gestión y atributos del Papa, luchando contra los abusos de poder y la supremacía económica de la alta jerarquía eclesiástica. Por otro  la presencia en las cátedras  de  eruditos  disidentes como Jan Huss (1372-1415) y John  Wyclif (1330-1384) en el siglo XIV o predicadores radicales como Jerónimo Savonarola (1452-1498) y, por supuesto,  la figura del  gran humanista Erasmo de Rótterdam(1466-1536) en el XV, presagian y anticipan lo que será la gran Reforma del siglo XVI, que cambiará definitivamente el rumbo del cristianismo en un intento de volver definitivamente a las fuentes evangélicas primitivas, basadas en los principios bíblicos. La restau-ración del papado único en 1423, puso orden en el gobierno de la iglesia, pero no resolvió el fondo del problema, aunque a partir de entonces la curia romana y su poder estarían en constante tensión y pugna frente a la soberanía de los concilios hasta mediados del siglo XV, en que éste intento reformador que surgió desde la misma élite del gobierno eclesiástico, acabaría sucumbiendo ante un nuevo impulso de la supremacía papal. De aquí en adelante, la institución pontificia se impregnó completamente del clima renacentista, apoyando incondicionalmente a las bellas artes, pero  dejándose cegar por la antigua y pagana gloria de Roma.
Paralelamente a estos movimientos reformistas, continúan apareciendo grandes representantes del misticismo, promoviendo una  nueva forma de devoción. Estos, si bien no se posicionan  activamente en contra de  la pompa eclesiástica, sí trasmiten una forma de vivir la fe muy diferente al sistema establecido. El Maestro Eckhart de Hochheim  en Alemania, o los flamencos Ruysbroeck  y su discípulo Gerhard Groote (+1384), fundador este último de los Hermanos de la Vida en Común,  impulsaron la práctica de mantener una relación  personal con Dios, desde el interior de cada persona e incluso desde el laicismo. Quizá fue Tomás de Kempis  (1380-1471), con su célebre "Imitación de Cristo", el más conocido de todos ellos. 
La Reforma ya era algo imparable y esto, no tanto por cuestión de la razón y las conclusiones del Humanismo, sino por necesidad espiritual. El creyente tenía sed de volver a la sencillez del evangelio frente a la evidente politización y secularización  del papado  pero también, frente a las densas y difíciles reflexiones teológicas de los grandes eruditos.



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