lunes, 13 de mayo de 2013

UNA ÉPOCA FASCINANTE


Siempre resulta fascinante profundizar en las vidas de aquellos que las entregaron para la defensa de la fe cristiana. Pero más aún si cabe, en la época cuando la estructura de la iglesia estaba aún definiéndose, el acceso a la Biblia era dificil y los cristianos estaban expuestos a infinidad de contaminaciones ideológicas, persecuciones  e intereses políticos. 

A través de estas reflexiones que iniciamos ahora en el marco de las clases de La Escuela Dominical de la Iglesia Cristo Vive, en San Fernando de Henares, propongo estudiar las vidas y las obras de algunos de aquellos defensores de la fe, que entre la era post-apostólica y  la Reforma Protestante del siglo XVI, tuvieron el ministerio de preservar, corregir,  afirmar y defender las bases de la sana doctrina cristiana, acorde con el auténtico mensaje evangélico de Jesucristo. 


¿QUÉ PASÓ DESPUÉS DE LA DESAPARICIÓN 
DE LOS TESTIGOS DIRECTOS DE JESÚS?

Tras la desaparición de los últimos testigos directos de Jesús y de los discípulos de los apóstoles, la iglesia cristiana se enfrentó al reto de su extensión y presencia en el mundo.  
                                                    
Entre los siglos II y IV esa difusión  se produjo con muchas dificultades debido a las feroces e intermitentes persecuciones.

Pero el reconocimiento del cristianismo por parte de las autoridades romanas[1] y posteriormente su declaración en el año 380[2] como religión oficial del Imperio, introdujo un elemento fundamental en su desarrollo y extensión; el problema del poder, de la oficialidad, y la exclusión. Todo el que no profesare el cristianismo es considerado demente y hereje y podría ser perseguido y castigado. 

En este nuevo orden de cosas se dan varias circunstancias. El Imperio romano se desmorona y se tiende a sustituir la figura del emperador por la figura del Papa.

Por otro lado, la extensión del evangelio implicaba la contaminación con ideas doctrinales falsas que se intentan armonizar con el mensaje básico del evangelio. Entre ellas el gnosticismo y sobre todo el arranismo.

Evidentemente, nos gusta más la decisión de Constantino  que la de Teodosio. Pero las cosas nunca son fáciles. Y la Biblia ya advierte de ello. 
Pero como lo último que se hace es lo que queda vigente, tuvieron que pasar en Occidente, casi 15 siglos en los que los vínculos Iglesia-Estado permanecieron inseparables. Y aún hasta no hace muchos años ese lastre ha permancecido en algunos territorios.
Hacer oficial la religión cristiana transgrede, el espíritu básico del evangelio. Recordemos las palabras de Jesús: ...a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. (Mt, 22:21)

Pero el evangelio es poder de Dios y su Espíritu permanece para siempre. Así, comprobamos que  Dios siempre pone personas que, inspirados por la sana doctrina, se presentan contracorriente para preservar el mensaje cristiano. Estos son nuestros Héroes de la Fe.


UN ESPIRITU CRÍTICO

El mensaje del evangelio ha tenido que luchar contra el paganismo  y en muchas ocasiones con coste de muchas vidas. Pero lo más descorazonador es que la mayoría de los grandes héroes de la fe, han tenido que combatir contra elementos dentro de la propia Iglesia. Y en muchos casos han sido destruidos en el nombre de Dios. (Juan16:2)

El desarrollo de un espíritu crítico, reformador y vigilante, medido siempre a la luz de la Palabra,  es imprescindible para preservar la pureza de la fe y la limpieza en la Iglesia de Jesucristo. De lo contrario nos exponemos al menosprecio y ataque justificado de los que no son creyentes. (Romanos, 2:24).

La Biblia está llena de advertencias de carácter crítico. El pueblo de Dios, que tiene tendencia a edificar sobre sus propios consejos, debe reformarse contínuamente pues de lo contrario caerá, en el mejor de los casos, en la rutina religiosa que tanto denuncia la Palabra. 










[1] Libertad de Culto Edicto de Milán 313.
[2] Edicto de Tesalónica. Edicto de los emperadores Graciano, Valentiniano (II) y Teodosio Augusto, al pueblo de la ciudad de Constantinopla.
«Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos, que hasta hoy se ha predicado como la predicó él mismo, y que es evidente que profesan el pontífice Dámaso y el obispo de Alejandría, Pedro, hombre de santidad apostólica. Esto es, según la doctrina apostólica y la doctrina evangélica creemos en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo bajo el concepto de igual majestad y de la piadosa Trinidad. Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial.» Dado el tercer día de las Kalendas de marzo en Tesalónica, en el quinto consulado de Graciano Augusto y primero de Teodosio Augusto.